Hoy quería actualizar el blog con otra cosa. De hecho, ayer tomé unas cuantas notas para enlazar algunas ideas apresuradas sobre la edición de poesía en la actualidad y su relación con entornos culturales especialmente tribalizados como el de las ciudades pequeñas. Pero lo dejaré para otro rato.

Hace unas horas, cuando salía del curro para ir a comer, me he encontrado por casualidad con un editor con el que he coincidido en algunos saraos de Madrid en los últimos años. De repente me ha extrañado verlo fuera de contexto, todo manchado de yeso, con ropa de trabajo y una lata de bebida energética en la mano. Nada más vernos, nos hemos saludado con afecto, le he preguntado qué hacía y me ha contestado que venía de currar. Luego me ha dicho que se dedica a los trabajos verticales, que ha pasado mucho tiempo colgado y que estaba muy cansado. Después nos hemos despedido y, justo antes de marcharme, me he dado la vuelta y le he dicho que no lo dejase. «No dejes la editorial».

Poco después, justo de camino a la oficina de correos donde, precisamente, iba a enviar unos paquetes de Piedra Papel Libros, he cambiado de opinión con respecto a la actualización de este irregular diario. Porque hoy quiero hablar de ese editor. O, más bien, del ejemplo que presenta. Porque, sí, la mayoría de editores que conozco viven o malviven de otra cosa. En ese sentido, se diría que la mayor parte de ellos editan por amor al arte. Entonces, ¿de dónde sacan las ganas? No sé. Cualquiera que haya trabajado en la construcción sabe cómo llega uno a casa diariamente tras la jornada laboral. Por eso me ha parecido algo digno de contar lo de este hombre, algo que, por otro lado, me tranquiliza y me hace sospechar al mismo tiempo. De mí también, claro. Porque me pregunto si merecerá la pena tanto tiempo dedicado, tanto cansancio, tanta comedura de cabeza… Sospecho fríamente de toda forma de heroísmo. ¿Y es que acaso aquí no hay? Vean si no a nuestro amigo.

Colaboradores necesarios

Una de las cosas claras que tuve cuando echó a rodar la aventura Piedra Papel Libros es que tenía que convertirme en un hombre orquesta. A partir de ahí, saber hacer un poco de todo y capacitarse en lo posible (e imposible, diría) se convirtió en una exigencia perentoria. Maquetar, llevar las cuentas, diseñar colecciones, actualizar redes sociales… Mucho curro al que, para más inri, hay que sumar todo lo concerniente a la distribución y venta directa. Con el paso del tiempo, y aunque sea a trompicones, el trabajo planeado con cierto detenimiento va saliendo hacia delante, lo que, se mire por donde se mire, no deja de ser una pequeña satisfacción.

No obstante, para que el barco se mantenga a flote, tengo una pequeña red de colaboradores que ya se han hecho imprescindibles y de los que, poco a poco, me gustaría dar cuenta en esta bitácora sui géneris. Julia Cortés, por ejemplo, siempre cierra las cubiertas que le encargo; cubiertas cuya composición pergeño yo mismo un poco antes y que ella desarrolla en photoshop sacando tiempo de donde no lo tiene. Ni que decir tiene que, al cabo, ningún proyecto de este tipo puede mantenerse durante cierto tiempo si no cuenta con el apoyo necesario. Yo tengo esa suerte y quisiera agradecerlo aquí. Justificado el mayestático, sigamos trabajando pues.

Agotados (y no de esperar el fin)

Conforme pasa el tiempo, el catálogo de Piedra Papel Libros crece, y eso es bueno. Pero también es malo. Malo en el sentido de dificultoso. Malo en el sentido de ir sumando pequeñas complicaciones que, cómo no, hay que aprender a sortear de alguna forma. Hoy hablaré de una de ellas.

Trabajar con pocos recursos implica, entre otras cosas, estar obligado a realizar tiradas pequeñas de cada novedad que saco. Esto favorece que el catálogo no se estanque (ganando así mucha más visibilidad), pero genera inconvenientes lógicos. El más latoso es tener que reimprimir constantemente los títulos que, debido a su corta tirada, se van agotando a cada poco. En realidad, es un auténtico círculo vicioso que, mal que me pese, no he sabido todavía romper. Y es que, se mire por donde se mire, no es de recibo tener tres o cuatro títulos agotados (o a punto de hacerlo) de forma permanente; ya no solo por lo que tiene de lioso en relación a la atención de los pedidos, sino porque implica tener menos dinero para tiradas amplias de los nuevos títulos.

Quizá solucionara esta cuestión sacando menos textos al año, abaratando aún más los costes de impresión o dando por muertos algunos de los títulos publicados a los que, de una manera u otra, ya he sacado partido. En todo caso, será una cuestión a resolver en los próximos meses y que, todo sea dicho, me plantea una serie de retos que tienen que ver mucho con las capacidades de gestión de un proyecto económico o social cualquiera. Quién me diría que me iba a ver en estas.

Parones, retrasos y correos electrónicos

No soy un editor profesional. Ni vivo de esto ni espero hacerlo de manera inmediata, pero, quizá precisamente por eso, no renuncio a reflexionar de forma crítica sobre los gajes de este oficio, desagradecido muchas veces, pero siempre estimulante.

Decía que no soy un editor profesional, por ello el tiempo de trabajo en Piedra Papel Libros depende en buena medida de la rutina laboral cotidiana y del tiempo que me deja el resto de obligaciones impostergables del día a día. Esa limitación primaria, que comparto con el resto de editores aficionados, se agudiza en ocasiones cuando, de manera imprevista, un cambio de curro o una mudanza revienta nuestros planes y, entre otros problemas, demora la publicación de novedades ya comprometidas.

Por suerte, y aunque sea en parte, este último inconveniente se solventa si, antes que nada, se mantiene una comunicación franca con los autores y se justifica la tardanza en la salida de sus textos de la manera más honesta posible. Eso es lo que he tenido que hacer yo. En mi caso, los autores cuyos libros iban a salir en estos meses han aceptado mis explicaciones de buena gana, lo que me ha hecho pensar en mi experiencia como autor que, entre otras vicisitudes, ha visto como uno de sus poemarios ya lleva un retraso de más de un año con respecto a la fecha de publicación prevista por la editorial.

En fin, ahora que lo veo desde ambos lados de la imprenta, considero que una de las mejores fortalezas que puede llegar a conseguir un editor es entablar una comunicación franca y posible con sus autores; una comunicación que, todo hay que decirlo, quizá no se pueda entablar de la misma forma con todos los autores del catálogo, pero que, al menos, debería ser uno de nuestros objetivos prioritarios.

Nadie de nada: el libro y el camino

No leí a Manuel Lombardo hasta que llegué a la universidad. En la biblioteca, y de casualidad, entre otros poemarios que quizá no habían tenido ni un solo préstamo, encontré un libro cuyo título me llamó la atención: No (1989-1993). Lo publicaba el Ayuntamiento de Jaén y contaba con una lúcida presentación de Juan Manuel Molina Damiani. Después de leer tres o cuatro poemas al azar, supe que había topado con un poeta del que ya no me separaría nunca.

A partir de ese momento, reseñé su obra -nihilista, existencial y al mismo tiempo vigorosa, excelsa- en el fanzine que editábamos unos colegas, Poetica Seminarii, y busqué todos sus libros por librerías de viejo. Por entonces, no sospechaba que un día llegaría a conocer su obra de primera mano y, mucho menos aún, que le publicaría un libro (uno de los mejores, estimo).

Presento Nadie de nada este jueves. Es el decimoquinto título de Manuel Lombardo y la historia del libro también tiene lo suyo. Como todas las aventuras editoriales, este libro ha recorrido una distancia atropellada por una multiplicidad de azares que, al cabo, han impedido que vea la luz hasta ahora, cuando Piedra Papel Libros se ha hecho cargo de su edición. Porque, efectivamente, Nadie de nada es un poemario “viejo”, compuesto en 1998 y prologado por José Viñals, quien nos dejó hace unos años.

Tenga el recorrido que tenga el libro, a mí ya no me quita nadie el gustazo de trabajar con un texto como el que ahora sale de imprenta. Espero que pueda disfrutarlo mucha gente más.

Sociología del editor: apunte sobre pobreza e independencia

Dice Constantino Bértolo, antiguo editor de Caballo de Troya y autor de La cena de los notables, que cuanto más pobre es un editor mayor es su independencia. Lo he leído en una entrevista que no tiene desperdicio. Yo no podría aseverarlo con esa contundencia, aunque entiendo su razonamiento.

Desde luego, no es cuestión de hacer ciencia ficción, pero me cuesta imaginar qué tipo de servidumbres tendría un editor como yo si, por azares de la vida, llegara el día en el que me sobrara la pasta para editar sin preocupaciones dinerarias. ¿Perdería la independencia? Yo no lo creo. Es más, editar desde la precariedad no implica estar liberado de las preocupaciones a las que, supongo, se ha de enfrentar un editor -digámoslo así- profesional. Los dos necesitamos vender libros para mantenernos a flote, los dos necesitamos conocer a nuestros lectores en profundidad, los dos sabemos que equivocarse, a veces, implica la ruina.

Quizá en esa última palabra se halle la diferencia. El miedo a la ruina crece exponencialmente en función de lo que se haya puesto en juego. En este caso, los grandes grupos editoriales (dirigidos por magnates acostumbrados a invertir y a convertir en mercancia el riesgo) y los editores que levantan su negocio de la nada, orillan el pavor a la quiebra porque, bien mirado, cada uno se ha familiarizado a su manera con el desastre.

En ese sentido, Bértolo habla del editor promedio, aquel que dirige una editorial más o menos comercial cuyo éxito o fracaso viene determinado por los parámetros del mercado y las leyes de la competencia. Ahí es donde se halla la lógica de su argumentario… Porque la pobreza o, más bien, el ejercicio consciente de la edición desde la misma, puede ayudar a subvertir los parámetros que uno mismo maneja para atribuirle valor a lo que hace cotidianamente; en este caso, hablamos del oficio de editar.

Sea como fuere, poco puedo aportar yo a un debate, el de la independencia editorial, sobre el que se ha escrito tanto y que a muchos ya nos produce hartazgo. Preferible es, o así lo creo, pensar en qué papel han de jugar los editores en un momento de la historia donde la sobreinformación y el adocenamiento consiguiente nos están volviendo sujetos balbuceantes, incapaces de leer de forma crítica, se diría que capacitados, únicamente, para replicar los mensajes y discursos que, día tras día, hacen más irreversible nuestra propia domesticación.