En el puente con Carl Einstein

Edito desde la frontera, desde un situación liminar. Punto indefinible en el GPS de las etiquetas, nunca sé muy bien en qué lado del papel me encuentro. ¿Escribo? ¿Edito? ¿Leo? Qué más da. Conozco bien ese paisaje borroso.

Paso el tiempo en esa línea. Sigo pensando en el Proyecto Benjamin, un experimento a medio camino entre el ensayo y la autoficción. A veces me cuesta horrores escribir por fuera del estilo ficcional. Venga, retomémosle el pulso a este diario atípico.

Empezamos de nuevo. Carl Einstein. De lleno en el proceso de investigación sobre la vida y obra del alemán, empiezo a entender qué hay detrás de esta renovada obsesión. Lo primero, varias líneas paralelas. Einstein, el gran descubridor del arte africano, tan cerca del Chris Marker de Las estatuas también mueren. Einstein, el perseguido, circundando el hormiguero de la muerte junto a Benjamin, muy cerca el uno del otro. Einstein, el que saltó del puente, como hiciera Paul Celan treinta años después.

Líneas de fuga que me llevan, también, a los campos de Aragón, al entierro de Durruti, a su huida precipitada a través de los Pirineos, a esa foto en el café de Perpiñán donde se le ve arrastrar un cansancio de siglos… Einstein, el judio refugiado al que encierran en un campo de concentración francés. Einstein, el que flota en el río. Einstein, el que acaba como todos los sin nombre, en una fosa común a las afueras de Europa.

Carl Einstein o la historia casi imposible, de José Mª de Luelmo, es lo primero que publico sobre él. Sirva de pequeño homenaje.

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