Colaboradores necesarios

Una de las cosas claras que tuve cuando echó a rodar la aventura Piedra Papel Libros es que tenía que convertirme en un hombre orquesta. A partir de ahí, saber hacer un poco de todo y capacitarse en lo posible (e imposible, diría) se convirtió en una exigencia perentoria. Maquetar, llevar las cuentas, diseñar colecciones, actualizar redes sociales… Mucho curro al que, para más inri, hay que sumar todo lo concerniente a la distribución y venta directa. Con el paso del tiempo, y aunque sea a trompicones, el trabajo planeado con cierto detenimiento va saliendo hacia delante, lo que, se mire por donde se mire, no deja de ser una pequeña satisfacción.

No obstante, para que el barco se mantenga a flote, tengo una pequeña red de colaboradores que ya se han hecho imprescindibles y de los que, poco a poco, me gustaría dar cuenta en esta bitácora sui géneris. Julia Cortés, por ejemplo, siempre cierra las cubiertas que le encargo; cubiertas cuya composición pergeño yo mismo un poco antes y que ella desarrolla en photoshop sacando tiempo de donde no lo tiene. Ni que decir tiene que, al cabo, ningún proyecto de este tipo puede mantenerse durante cierto tiempo si no cuenta con el apoyo necesario. Yo tengo esa suerte y quisiera agradecerlo aquí. Justificado el mayestático, sigamos trabajando pues.

Agotados (y no de esperar el fin)

Conforme pasa el tiempo, el catálogo de Piedra Papel Libros crece, y eso es bueno. Pero también es malo. Malo en el sentido de dificultoso. Malo en el sentido de ir sumando pequeñas complicaciones que, cómo no, hay que aprender a sortear de alguna forma. Hoy hablaré de una de ellas.

Trabajar con pocos recursos implica, entre otras cosas, estar obligado a realizar tiradas pequeñas de cada novedad que saco. Esto favorece que el catálogo no se estanque (ganando así mucha más visibilidad), pero genera inconvenientes lógicos. El más latoso es tener que reimprimir constantemente los títulos que, debido a su corta tirada, se van agotando a cada poco. En realidad, es un auténtico círculo vicioso que, mal que me pese, no he sabido todavía romper. Y es que, se mire por donde se mire, no es de recibo tener tres o cuatro títulos agotados (o a punto de hacerlo) de forma permanente; ya no solo por lo que tiene de lioso en relación a la atención de los pedidos, sino porque implica tener menos dinero para tiradas amplias de los nuevos títulos.

Quizá solucionara esta cuestión sacando menos textos al año, abaratando aún más los costes de impresión o dando por muertos algunos de los títulos publicados a los que, de una manera u otra, ya he sacado partido. En todo caso, será una cuestión a resolver en los próximos meses y que, todo sea dicho, me plantea una serie de retos que tienen que ver mucho con las capacidades de gestión de un proyecto económico o social cualquiera. Quién me diría que me iba a ver en estas.

Preguntas, retos y limitaciones

Días atrás, viendo un documental sobre la aventura editorial de Ruedo Ibérico, llegué a preguntarme hasta qué punto es posible recomponer hoy un tejido editorial, centrado sobre todo en literatura política, como el que hubo en los años setenta. Ya sé que las circunstancias son totalmente distintas, que por entonces la caída más o menos repentina de la dictadura franquista posibilitó la multiplicación de títulos y lectores, pero actualmente, y tal y como están las cosas, sería deseable amplificar el espíritu crítico y la capacidad de análisis de los que, tras la enésima crisis del capitalismo internacional, seguimos estando abajo y -como diría un amigo- cada vez con menos tela que cortar.

No obstante, y a pesar de los fracasos y las limitaciones, estamos asistiendo en los últimos años a la proliferación de un buen número de iniciativas editoriales de muy diverso tipo que, partiendo del entorno militante del movimiento libertario y la izquierda menos esclerótica, están multiplicando la producción de títulos interesantes que, en la mayoría de casos, suelen estar muy ajustados de precio, lo que sin duda favorece su divulgación. Pienso, por ejemplo, en La neurosis, Descontrol o Antipersona, aunque solo sea por citar tres proyectos. Sin embargo, y no restando importancia a lo anterior, las limitaciones de esta pequeña industria cultural autogestionaria impiden que la mayor parte de estos libros puedan romper el círculo de los lectores militantes, lo que, a mi modo de ver, resta capacidad de influencia y, por tanto, merma el potencial de transformación social inherente a la producción de imprenta.

Romper, por tanto, la barrera de lectores previsibles, desbordando las fronteras que nos ponen (y ponemos) para la circulación de nuestros libros, quizá sea un reto interesante que, todo hay que decirlo, quizá debería enfrentarse de manera colectiva y más o menos coordinada. Está por ver.

Parones, retrasos y correos electrónicos

No soy un editor profesional. Ni vivo de esto ni espero hacerlo de manera inmediata, pero, quizá precisamente por eso, no renuncio a reflexionar de forma crítica sobre los gajes de este oficio, desagradecido muchas veces, pero siempre estimulante.

Decía que no soy un editor profesional, por ello el tiempo de trabajo en Piedra Papel Libros depende en buena medida de la rutina laboral cotidiana y del tiempo que me deja el resto de obligaciones impostergables del día a día. Esa limitación primaria, que comparto con el resto de editores aficionados, se agudiza en ocasiones cuando, de manera imprevista, un cambio de curro o una mudanza revienta nuestros planes y, entre otros problemas, demora la publicación de novedades ya comprometidas.

Por suerte, y aunque sea en parte, este último inconveniente se solventa si, antes que nada, se mantiene una comunicación franca con los autores y se justifica la tardanza en la salida de sus textos de la manera más honesta posible. Eso es lo que he tenido que hacer yo. En mi caso, los autores cuyos libros iban a salir en estos meses han aceptado mis explicaciones de buena gana, lo que me ha hecho pensar en mi experiencia como autor que, entre otras vicisitudes, ha visto como uno de sus poemarios ya lleva un retraso de más de un año con respecto a la fecha de publicación prevista por la editorial.

En fin, ahora que lo veo desde ambos lados de la imprenta, considero que una de las mejores fortalezas que puede llegar a conseguir un editor es entablar una comunicación franca y posible con sus autores; una comunicación que, todo hay que decirlo, quizá no se pueda entablar de la misma forma con todos los autores del catálogo, pero que, al menos, debería ser uno de nuestros objetivos prioritarios.

Nadie de nada: el libro y el camino

No leí a Manuel Lombardo hasta que llegué a la universidad. En la biblioteca, y de casualidad, entre otros poemarios que quizá no habían tenido ni un solo préstamo, encontré un libro cuyo título me llamó la atención: No (1989-1993). Lo publicaba el Ayuntamiento de Jaén y contaba con una lúcida presentación de Juan Manuel Molina Damiani. Después de leer tres o cuatro poemas al azar, supe que había topado con un poeta del que ya no me separaría nunca.

A partir de ese momento, reseñé su obra -nihilista, existencial y al mismo tiempo vigorosa, excelsa- en el fanzine que editábamos unos colegas, Poetica Seminarii, y busqué todos sus libros por librerías de viejo. Por entonces, no sospechaba que un día llegaría a conocer su obra de primera mano y, mucho menos aún, que le publicaría un libro (uno de los mejores, estimo).

Presento Nadie de nada este jueves. Es el decimoquinto título de Manuel Lombardo y la historia del libro también tiene lo suyo. Como todas las aventuras editoriales, este libro ha recorrido una distancia atropellada por una multiplicidad de azares que, al cabo, han impedido que vea la luz hasta ahora, cuando Piedra Papel Libros se ha hecho cargo de su edición. Porque, efectivamente, Nadie de nada es un poemario “viejo”, compuesto en 1998 y prologado por José Viñals, quien nos dejó hace unos años.

Tenga el recorrido que tenga el libro, a mí ya no me quita nadie el gustazo de trabajar con un texto como el que ahora sale de imprenta. Espero que pueda disfrutarlo mucha gente más.

Sociología del editor: apunte sobre pobreza e independencia

Dice Constantino Bértolo, antiguo editor de Caballo de Troya y autor de La cena de los notables, que cuanto más pobre es un editor mayor es su independencia. Lo he leído en una entrevista que no tiene desperdicio. Yo no podría aseverarlo con esa contundencia, aunque entiendo su razonamiento.

Desde luego, no es cuestión de hacer ciencia ficción, pero me cuesta imaginar qué tipo de servidumbres tendría un editor como yo si, por azares de la vida, llegara el día en el que me sobrara la pasta para editar sin preocupaciones dinerarias. ¿Perdería la independencia? Yo no lo creo. Es más, editar desde la precariedad no implica estar liberado de las preocupaciones a las que, supongo, se ha de enfrentar un editor -digámoslo así- profesional. Los dos necesitamos vender libros para mantenernos a flote, los dos necesitamos conocer a nuestros lectores en profundidad, los dos sabemos que equivocarse, a veces, implica la ruina.

Quizá en esa última palabra se halle la diferencia. El miedo a la ruina crece exponencialmente en función de lo que se haya puesto en juego. En este caso, los grandes grupos editoriales (dirigidos por magnates acostumbrados a invertir y a convertir en mercancia el riesgo) y los editores que levantan su negocio de la nada, orillan el pavor a la quiebra porque, bien mirado, cada uno se ha familiarizado a su manera con el desastre.

En ese sentido, Bértolo habla del editor promedio, aquel que dirige una editorial más o menos comercial cuyo éxito o fracaso viene determinado por los parámetros del mercado y las leyes de la competencia. Ahí es donde se halla la lógica de su argumentario… Porque la pobreza o, más bien, el ejercicio consciente de la edición desde la misma, puede ayudar a subvertir los parámetros que uno mismo maneja para atribuirle valor a lo que hace cotidianamente; en este caso, hablamos del oficio de editar.

Sea como fuere, poco puedo aportar yo a un debate, el de la independencia editorial, sobre el que se ha escrito tanto y que a muchos ya nos produce hartazgo. Preferible es, o así lo creo, pensar en qué papel han de jugar los editores en un momento de la historia donde la sobreinformación y el adocenamiento consiguiente nos están volviendo sujetos balbuceantes, incapaces de leer de forma crítica, se diría que capacitados, únicamente, para replicar los mensajes y discursos que, día tras día, hacen más irreversible nuestra propia domesticación.

Los siete vampiros de oro

Venga, vamos a retomar el pulso del asunto; ahora que he salvado los muebles después de haber estado al borde del desastre (provocado por la rotura fortuita del disco duro de mi ordenador). Lo primero es dibujar en el papel una estrategia y apuntar un puñado de tareas que, ahora sí, son ineludibles. Después viene lo de siempre: trabajar todos los días, hacerle un hueco a la ilusión y no desfallecer en esos momentos en los que todo amenaza ruina.

Después hay que mirar al calendario. Sí, ya lo he decidido: he anotado, uno tras otro, los siete próximos títulos del catálogo. Hasta que no vean la luz, no pensaré en otros textos que editar. Siete, aunque podría haber sido alguno más; en todo caso, los suficientes para decirme a mí mismo que aquí estamos, que hay que seguir currando, que merece la pena volver a encontrar tiempo y calentarse la cabeza un poco más. Esto es tener una pequeña editorial que navega en las aguas pantanosas del subsuelo de la industria cultural, esa falacia.

Los próximos meses son claves. Confío en los siete vampiros de oro que he elegido para seguir peleando. Son textos valientes, algunos casi desesperados, que claman al cielo ser editados de una maldita vez. Ni el bueno de Kung-Fu podrá con ellos. Me callo antes de truncar el texto con una de mis salidas absurdas.

¿Por qué lo de los siete vampiros? Quizá lo sospecháis algunos… Pinchad aquí.

Dos años

Se acerca la fecha. Dentro de poco, a principios de julio, se cumplirán dos años de funcionamiento de Piedra Papel Libros, un proyecto editorial ya no tan incipiente que, sin embargo, aún sigue habitando en el subsuelo de la industria cultural.

Como el año pasado, llega el momento de concedernos una tregua y hacer balance. ¿Sigue mereciendo la pena? Pues claro, respondo sin pensarlo. Pero hay que pensar a medio plazo y no perder la cabeza (más de lo que ya lo has hecho).

El trecho ha deparado más de una sorpresa. Conocer a buenos amigos, viajar, tomarle gusto a un oficio del que no sabías casi nada antes de empezar. También hay lado oscuro, pero ese te lo reservas; ya saldrá por ahí, quizá en algún cuento de los que hace tiempo que no escribes o en alguna pesadilla torpe, de esas que apenas si puedes recordar cuando despiertas, pero que te acompañan durante todo el día de una manera sorda.

En fin, hay que hacer cuentas -digo- y de manera fría, sin tocar las campanas ni utilizar el cubo de agua escarchada. Y hay que avanzar también. La memoria de otras pérdidas puede servir de mapa.

No importa la mala letra, pero ir despacio sí

A todos les cuesta, no digo que no. Lo sé por amigos que también se han embarcado en el nec otium editorial. Pero, a corto o medio plazo, es muy difícil llegar a donde uno quiere sin salvar los obstáculos inherentes que plantea un arranque como el mío. Editar sin tener pasta es algo así como bailar con un saco de mierda atado en el tobillo.

Basta de quejas. Se trata, quizá, de ir paso a paso, no tener prisa. Voy a pararme un poco para consolidar lo andado. Reimprimiré lo que se pueda y enfrentaré las burocracias que he ido postergando durante estos dos años. Cerraré flecos pendientes con los puntos de venta y, si puedo, intentaré mejorar todo el sistema de venta directa y distribución. Finalmente, aprovecharé el verano para cerrar las novedades del próximo otoño y juntar la pasta suficiente para la imprenta.

Toca pararse un rato a tomar aire. Mi vida no es esto, sino solo una parte y cada vez tengo más claro que hay cosas a las que uno no puede renunciar si no quiere verse desdibujado, medio hecho, informe. Volver la cabeza hacia atrás no siempre es malo. De hecho, todo aprendizaje implica un riesgo. Miremos hacia donde miremos, existe una amenaza, y no precisamente la de vernos convertidos en estatuas de sal.

Fanzinerosos

En tierra de nadie, así, como un intruso, una especie de traidor, el editor en ciernes, incapaz de renunciar al viejo vicio (que no crimen) del fanzine. Decidme, cuates, ¿por qué me miran raro al decir que voy a seguir editando fanzines? Ah, ya, puede ser eso de la madurez… Parece que después de publicar un ensayo de 150 páginas ya no se puede publicar nada que huela a cartulina y grapas. ¡Qué madure el tomate de tu…!

Contrólese, señor Consumo Editor, que al fin y al cabo ha venido para quedarse, y eso implica, antes que nada, pasárselo bien. Pues claro que voy a tirar hacia delante con la Colección “Fan de los Zines” (así, con z de fanzine). Es un formato que te permite pasar de la imprenta, montar el texto en tu propia casa y trabajar manualmente. Además, el riesgo es inexistente, ya que, si quieres, puedes imprimir a demanda de pedidos y sin un número mínimo (no como en la impresión digital, donde te penalizan si no sacas un número determinado de ejemplares). Por eso mismo, avisamos a todos los navegantes: precisamente porque pretendemos llegar mucho más lejos, no vamos a dejar de publicar fanzines.

De momento, ya llevamos ocho números de COTARRO y dos títulos más editados en ese formato: Asaltados o asaltantes y Ciencia ficción radical. Muy pronto sacaremos otro.