Nueva temporada, viejos retos

Vuelve el otoño y con él hacemos cuenta de la lista de retos que tenemos por delante para esta (especie de) nueva temporada. El primero de ellos, como siempre, es garantizar la viabilidad económica del proyecto. Para ello era necesario aumentar los puntos de venta durante el mes de verano y lo hemos conseguido de sobra, aunque queda mucho camino por delante en este tema. Después de haber decidido seguir manteniendo la distribución de nuestros libros, no queda otra que ampliar el mapa de librerías afines, lo que a corto plazo implica un aumento del tiempo invertido en la preparación de envíos, control de los depósitos, cierre de liquidaciones, etc.

Por otro lado, en este tiempo hemos aprovechado para cerrar prácticamente la edición de los dos próximos títulos de la editorial. Si todo sale bien, esperamos mandarlos a imprenta a principios de octubre, lo que nos garantiza un otoño ajetreado de presentaciones. Y eso sin tener en cuenta que antes de que acabe el año queremos sacar otros dos más.

Mientras tanto, a finales de agosto sacamos un nuevo fanzine, Infancia y control social. Desmontando mitos sobre infancia y escolarización, de Mario Andrés Candelas, cuya distribución va a muy buen ritmo y al que le auguramos un largo recorrido. Como hemos dicho muchas veces, el hecho de que ahora mismo pretendamos sostener el catálogo sobre la base de los libros de imprenta no quiere decir que no queramos seguir trabajando con la línea de fanzines, a la que nos sentimos apegados y que tantas satisfacciones nos reporta. De hecho, otro de esos retos de los que hablaba al principio es publicar de una vez por todas el último número de COTARRO, en el que llevo atascado más de un año y para el que nunca encuentro tiempo.

Sea como fuere, de aquí a final de año toca currar mucho y enfrentar con buena disposición de ánimo las dificultades que nos vamos encontrando en el camino. Somos optimistas, aunque no sabemos muy bien qué quiere decir esto en un momento como el actual, cuando resulta verdaderamente complicado no dejarse arrastrar por el desánimo y la frustración que provoca el estado de las cosas.

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De cierres e incorporaciones

La nuestra es una editorial minúscula. Con poco más de veinte puntos de venta amigos, nuestras tiradas son pírricas en relación a las de otras editoriales. Sin embargo, y a pesar de la exigua dimensión de nuestro proyecto, el trabajo que requiere una editorial como Piedra Papel Libros hace que sea una aventura prácticamente inviable para una sola persona. De hecho, hace unos días nos llegó la mala noticia del cierre de Diaclasa, un sello amigo radicado en Barcelona, y a cuyo editor tuvimos el gusto de conocer hace unos meses en el Encuentro del Libro Anarquista de Madrid. Por suerte para PPL, todo el trabajo de edición y distribución ahora lo llevamos entre dos personas, lo que ha consolidado el proyecto y, lo más importante, ha logrado desatascarlo de una situación en la que el cierre era una posibilidad real.

De hecho, y a pesar de nuestros números, hace unos meses nos sorprendió la propuesta de una distribuidora alternativa de cierto nombre que nos propuso empezar a trabajar con ella. Desde luego, y teniendo en cuenta que no nos dedicamos a la edición en exclusiva ni de manera profesional, desentendernos de todo el curro de distribución sería una gran ventaja, pues nos ayudaría a centrarnos en el trabajo de edición propiamente dicho, lo que, a corto plazo, nos ahorraría problemas importantes, como la insuficiencia de proyectos de publicación concretos que hemos padecido en el último año (de ahí el cambio en nuestra política de aceptación de originales). Sin embargo, y después de valorarlo seriamente, por ahora vamos a declinar el ofrecimiento, ya que trabajar con una distribuidora nos obligaría a producir otro tipo de libros (más extensos, más caros y que requerirían mucho más trabajo) para garantizar la viabilidad de nuestro proyecto editorial, que -todo hay que decirlo- cada vez es más importante en nuestras vidas.

En todo caso, lo importante ahora es no frenar la inercia de estos últimos meses; una incercia positiva fruto del importante trabajo desplegado y que nos ha hecho aumentar de manera progresiva los puntos de venta, mejorando las posibilidades de distribuir nuestros libros, folletos y fanzines, algo que nos resulta especialmente gratificante, ya que poco a poco vemos como la cifra de ejemplares producidos de cada título va creciendo gracias a la incorporación de nuevas librerías interesadas en nuestro trabajo. A seguir así.

Editores colgados

Hoy quería actualizar el blog con otra cosa. De hecho, ayer tomé unas cuantas notas para enlazar algunas ideas apresuradas sobre la edición de poesía en la actualidad y su relación con entornos culturales especialmente tribalizados como el de las ciudades pequeñas. Pero lo dejaré para otro rato.

Hace unas horas, cuando salía del curro para ir a comer, me he encontrado por casualidad con un editor con el que he coincidido en algunos saraos de Madrid en los últimos años. De repente me ha extrañado verlo fuera de contexto, todo manchado de yeso, con ropa de trabajo y una lata de bebida energética en la mano. Nada más vernos, nos hemos saludado con afecto, le he preguntado qué hacía y me ha contestado que venía de currar. Luego me ha dicho que se dedica a los trabajos verticales, que ha pasado mucho tiempo colgado y que estaba muy cansado. Después nos hemos despedido y, justo antes de marcharme, me he dado la vuelta y le he dicho que no lo dejase. «No dejes la editorial».

Poco después, justo de camino a la oficina de correos donde, precisamente, iba a enviar unos paquetes de Piedra Papel Libros, he cambiado de opinión con respecto a la actualización de este irregular diario. Porque hoy quiero hablar de ese editor. O, más bien, del ejemplo que presenta. Porque, sí, la mayoría de editores que conozco viven o malviven de otra cosa. En ese sentido, se diría que la mayor parte de ellos editan por amor al arte. Entonces, ¿de dónde sacan las ganas? No sé. Cualquiera que haya trabajado en la construcción sabe cómo llega uno a casa diariamente tras la jornada laboral. Por eso me ha parecido algo digno de contar lo de este hombre, algo que, por otro lado, me tranquiliza y me hace sospechar al mismo tiempo. De mí también, claro. Porque me pregunto si merecerá la pena tanto tiempo dedicado, tanto cansancio, tanta comedura de cabeza… Sospecho fríamente de toda forma de heroísmo. ¿Y es que acaso aquí no hay? Vean si no a nuestro amigo.

Poemas rescatados de las llamas

Mañana mismo nos llegan los ejemplares de la primera tirada de Poemas rescatados de las llamas, el cuarto título de nuestra colección de poesía, Caja de Formas. Hay mucho trabajo detrás de ese poemario. Trabajo por parte del autor, desde luego, pero también por parte nuestra. Es la primera vez que le metemos mano a un poemario tan extenso como el de Víctor Mesa y el hecho de que muchos de los versos sean bastante largos nos ha obligado a darle muchas vueltas a todo el trabajo de maquetación. La corrección también ha tenido lo suyo.

En todo caso, estamos muy contentos de cómo ha quedado el libro. Será el primer poemario publicado de Víctor Mesa (fuera de obra colectiva) y nos sabe muy bien haber iniciado el año publicando a dos autores tan jóvenes como él y Víctor Atobas, artífice de Autoridad y culpa. Apuntes de Filosofía Política.

Las presentaciones de ambos libros se realizarán en este mismo mes y será un gusto compartir con los autores la publicación de sus trabajos. No obstante, nos hace especial ilusión compartir un rato con todos nuestros amigos y lectores de Jaén, que seguro acudirán a la presentación del libro de Víctor. De hecho, la colección Caja de Formas se planteó en su día como un aporte más a la nutrida (y nutritiva) escena poética local, donde espacios como La Caja de Lot o el Slam Jaén siguen en plena forma.

«Amor a la vida»

He estado a punto de caer. «Amor a la vida», así se llama el relato de Jack London que casi publico en la colección de cuento. Una tentación, claro. Y es que digo he estado a punto de caer porque tras editar El mexicano me prometí leer con calma a London. Y es esa, calma, una palabra clave en este asunto. Porque qué sentido tiene sacar una edición más de un relato publicado en mil sitios, muy accesible al público y bien traducido por Carmen Criado en la edición de Alianza Editorial*. Ninguno.

Pero «Amor a la vida» es un relato pozo. Uno se asoma a él y no ve casi nada, tan solo el fulgor de un reflejo de belleza antigua, y áspera. Un cuento que sabe a gran literatura, esa que tiene forma de camino y al final es una (bendita) trampa. Por eso mismo este relato merece ser tratado con amor y cierto desprendimiento; lo que obliga a templar los nervios, dejar pasar el tiempo sin angustia y no desmerecer con mi torpeza un texto, este del escritor yanqui, sobre el cual edificar una universidad invisible.

* «Amor a la vida» se incluye en El silencio blanco y otros cuentos, Jack London (Alianza Editorial. Madrid: 1978, trad. Carmen Criado).

Los 7 magníficos de 2016

2016 acaba y nos dejamos un año con 7 títulos más en nuestro catálogo.

Empezamos la hornada con Ni intelectualismo ni estupidez, de Wolfi Landstreicher, un pequeño texto del que me enamoré tras leerlo del tirón en la web de la revista Nada. Cuarto título de la colección de fanzines, resume como ningún otro buena parte de lo que pienso con respecto al papel de los “expertos” y “opinólogos” en la sociedad actual.

Cuaderno de veredas es el último libro de poemas que hemos editado. Tenía muchas ganas de que José Pastor, un currante de la vida y la literatura, tuviera en la calle un poemario a través del cual recorremos un trecho del itinerario vital de un poeta al que le queda mucho mundo, y poesía, en las alforjas.

El tercero del año ha sido el mío: El Club de los Poetas Hiperviolentos. Un libro que escribí poco después de finiquitar 50 pasos para dar el salto… y que afronté con la pretensión de apartarme del microrrelato. Una coleccción de cuentos en la que trabajé durante años y con la que, ahora sí (tras su reedición hace unos meses), sonrío satisfecho, sobre todo tras ver como algunos de sus relatos han fecundado en mi cabeza historias nuevas de las que el tiempo ya dirá.

Otro título que me ha obligado a repensar algunas ideas de este proyecto editorial ha sido Carl Einstein o la historia casi imposible, un folleto de la Serie Transhistorias del que sacaremos dentro de unos meses su tercera versión, tras reeleborar sucesivamente una cubierta con la que hemos tenido más problemas de la cuenta y que, todo hay que decirlo, ha deslucido las buenas sensaciones que la salida de un título nuevo suele producir en cada editor.

El “pelotazo” del año ha sido Contra el running. Corriendo hasta morir en la ciudad postindustrial, de Luis de la Cruz; un ensayo breve que ha tenido una extraordinaria repercusión en prensa y que ha inducido una modificación de los criterios asociados a la distribución de nuestros libros, propiciando que el tiempo dedicado a esta faceta de nuestra tarea editorial se multiplique (con el ánimo, sobre todo, de no fallar a nuestros lectores con demoras innecesarias).

Por su parte, Arte y Revolución en la Comuna de París, es el primer libro fresado que publicamos en la Serie Transhistorias. Con un diseño muy particular, pues el libro es casi cuadrado, la estructura final de este título se la debemos a Pepe Gutiérrez-Álvarez, uno de los autores, que tuvo a bien gestionar la cesión de un artículo de Miguel Romero, fallecido en 2014, para este pequeño ensayo que para nosotros a supuesto un salto adelante en una de las colecciones a la que más cariño tenemos.

Por último, la reedición de La Nueva Utopía, el clásico de Ricardo Mella, se acabó transformando en una apuesta por elaborar una edición bella en todos los sentidos; algo que, no me cabe duda, hubiera sido imposible sin el concurso de Araceli Pulpillo, gracias a la cual el proyecto Piedra Papel Libros se ha sostenido en su tercer año y encara 2017 con cierto optimismo, refrendado sobre todo por el aliento sostenido de nuestros lectores y lectoras, que cada vez son más y a los que les debemos todo, también esta alegría con la que despedimos 2016.

En el puente con Carl Einstein

Edito desde la frontera, desde un situación liminar. Punto indefinible en el GPS de las etiquetas, nunca sé muy bien en qué lado del papel me encuentro. ¿Escribo? ¿Edito? ¿Leo? Qué más da. Conozco bien ese paisaje borroso.

Paso el tiempo en esa línea. Sigo pensando en el Proyecto Benjamin, un experimento a medio camino entre el ensayo y la autoficción. A veces me cuesta horrores escribir por fuera del estilo ficcional. Venga, retomémosle el pulso a este diario atípico.

Empezamos de nuevo. Carl Einstein. De lleno en el proceso de investigación sobre la vida y obra del alemán, empiezo a entender qué hay detrás de esta renovada obsesión. Lo primero, varias líneas paralelas. Einstein, el gran descubridor del arte africano, tan cerca del Chris Marker de Las estatuas también mueren. Einstein, el perseguido, circundando el hormiguero de la muerte junto a Benjamin, muy cerca el uno del otro. Einstein, el que saltó del puente, como hiciera Paul Celan treinta años después.

Líneas de fuga que me llevan, también, a los campos de Aragón, al entierro de Durruti, a su huida precipitada a través de los Pirineos, a esa foto en el café de Perpiñán donde se le ve arrastrar un cansancio de siglos… Einstein, el judio refugiado al que encierran en un campo de concentración francés. Einstein, el que flota en el río. Einstein, el que acaba como todos los sin nombre, en una fosa común a las afueras de Europa.

Carl Einstein o la historia casi imposible, de José Mª de Luelmo, es lo primero que publico sobre él. Sirva de pequeño homenaje.

Los que habitan mi catálogo

Rosa Luxemburgo, 1919. Una insurrección fallida. Una vida a mil por hora resumida en una carta al mundo. El orden reina en Berlín, 2000 palabras disparadas contra el muro de la historia la noche que veló su asesinato. Carteles pidiendo su cabeza y la de su amigo Karl. Vivos o muertos, eso no importa. Una patrulla que entra en casa, golpes de culata contra la mujer que puso en vilo el orden criminal de los sepultureros de la Revolución. Su cuerpo flotando en el río, incapaz de hundirse, hinchado de inmortalidad.

Andreu Nin, 1937. Su voz inclemente señala desde el estrado del Principal Palace de Barcelona. Su conferencia, El problema del poder en la Revolución, deja las cosas claras. No teme mancharse. «Mil veces más cerca de la FAI que del PSUC», dice. Alguien se remueve en la sombra. La suerte está echada para los que osan desafiar al gran timonel del proletariado internacional. Papá Stalin siempre dice la verdad. Un par de semanas después, Andreu desaparece sin dejar rastro. Torturado, asesinado, la vileza de sus captores no conoce límites. «¿Dónde está Nin? En Salamanca o en Berlín», cantaban los chavales de las JSU. Sabían la verdad y no conocían vergüenza.

Georges Palante, 1925. Una vida en pie de guerra contra la enfermedad. Una vida a pie de obra, enfrentando cada burla con un paso adelante, sin miedo al vacío. El chico elefante, el marido de la prostituta, el lector de Niezstche que tuvo el coraje de enfrentarse a Durkheim, de asumir el ostracismo intelectual antes que renegar de sus fundamentaciones. ¿La sociedad? Tan opresora como el Estado, piensa. Su tesis, rechazada por los popes de la sociología francesa, queda arrumbada en un cajón. Un 5 de agosto decide poner punto y final. El gesto acaba también con el dolor. Hillion será su última casa.

Carl Einstein, 1940. Una vida se dirime en la barandilla de un puente. Sur de Francia, el crítico de arte ha escapado del campo de concentración. Él como Benjamin, él como Celan. Hace memoria: una vida dando aliento a los que luchan dentro y fuera del papel. 1919, codo a codo con los hijos de Espartaco en las barricadas de Berlín. 1936, en las trincheras de Aragón, mano a mano con sus compañeros de la Columna Durruti, soñando con darle la vuelta al mundo junto a toda una legión de parias. Serán los malparados. Los nazis le quieren muerto. Sale volando. Su obra se posa en mi mesa de trabajo ochenta años después.

Colgados por la imprenta

Bueno, pues ya se veía venir, pero definitivamente nos hemos quedado sin imprenta. Ha cerrado las puertas con varios pedidos pendientes de salida y, lo que es peor, no sé cuándo me van a devolver el dinero que pagué por ellos. Teniendo en cuenta el presupuesto de la editorial y el esfuerzo que invertimos en ella, es algo que lastima y que, por otro lado, hace más difícil continuar hacia delante.

Las consecuencias inmediatas son varias. Por un lado, todavía no he podido realizar las presentaciones de los dos últimos títulos que he sacado: Cuaderno de veredas y El Club de los Poetas Hiperviolentos. Tampoco he podido atender varios pedidos que se interesaban por materiales pendientes cuya reimpresión había sido solicitada en el pedido del que os hablo. Para colmo, en estas fechas suelo acudir a varios encuentros y ferias del libro donde se vende bastante, pero al tener varios títulos agotados no puedo exprimir el beneficio al máximo (algo imprescindible para seguir sacando novedades).

De todas formas, si algo tengo claro ahora es que voy a continuar con el proyecto. Ahora mismo estoy buscando otras imprentas y ya he encargado una pequeña reimpresión de tanteo con una nueva. La mayoría de ellas ofrecen el mismo precio en los títulos fresados, pero me dan presupuestos muy abultados para los folletos grapados (de los que tengo siete en el catálogo). Es algo que tengo que solucionar en breve, junto con la devolución de lo pagado en las reimpresiones encargadas.

En julio de este año Piedra Papel Libros cumplirá tres años de existencia. El proyecto no ha avanzado todo lo que yo quisiera, pero sí lo suficiente como para luchar por él con determinación y aguante. Tampoco estoy solo en esto. Si de algo me ha servido este momento complicado de la editorial, es para darme cuenta de que las cosas se han de hacer con calma y con la suficiente planificación. Es lo que pretendo a partir de ahora. Ser más realista, claro, pero no como una mera opción de conformidad, sino como base para asegurar la progresión de este proyecto que, espero, dure mucho tiempo más.

Cajas de Formas

Ya han pasado un par de semanas desde la publicación de Cuaderno de veredas, el poemario de José Pastor, la tercera entrega de nuestra colección de poesía: Caja de formas. Son muchos los lectores a los que les ha gustado la idea de esta colección, seriada en diez entregas y con un diseño muy particular que, como su nombre indica, juega con la idea de la caja de formas geométricas con la que suelen jugar los niños.

Hace mucho tiempo, buscando recursos para diseñar una cubierta, me topé por casualidad con un artículo sobre los valores educativos de algunos juegos para niños más o menos tradicionales. En concreto, me quedé prendado del potencial de un juego tan sencillo como el que nos ocupa hoy, pues estimula en los niños la capacidad de planear, predecir y resolver problemas sencillos. A partir de ahí, concebí la colección con la intención de dar cabida en ella a diez poetas muy distintos que, en cierta manera, tuvieran capacidad para encarnar distintas formas, ya no solo de escribir poesía, sino de entender lo poético.

Afortunadamente, poco a poco voy puliendo algunos defectos de maquetación y diseño de cubierta de esta colección que, libro a libro, se va completando. De hecho, en lo que queda de año espero publicar otro poemario más, dejando casi mediado este proyecto tan importante para Piedra Papel Libros que, espero, se siga consolidando con el paso del tiempo.