Hoy quería actualizar el blog con otra cosa. De hecho, ayer tomé unas cuantas notas para enlazar algunas ideas apresuradas sobre la edición de poesía en la actualidad y su relación con entornos culturales especialmente tribalizados como el de las ciudades pequeñas. Pero lo dejaré para otro rato.

Hace unas horas, cuando salía del curro para ir a comer, me he encontrado por casualidad con un editor con el que he coincidido en algunos saraos de Madrid en los últimos años. De repente me ha extrañado verlo fuera de contexto, todo manchado de yeso, con ropa de trabajo y una lata de bebida energética en la mano. Nada más vernos, nos hemos saludado con afecto, le he preguntado qué hacía y me ha contestado que venía de currar. Luego me ha dicho que se dedica a los trabajos verticales, que ha pasado mucho tiempo colgado y que estaba muy cansado. Después nos hemos despedido y, justo antes de marcharme, me he dado la vuelta y le he dicho que no lo dejase. «No dejes la editorial».

Poco después, justo de camino a la oficina de correos donde, precisamente, iba a enviar unos paquetes de Piedra Papel Libros, he cambiado de opinión con respecto a la actualización de este irregular diario. Porque hoy quiero hablar de ese editor. O, más bien, del ejemplo que presenta. Porque, sí, la mayoría de editores que conozco viven o malviven de otra cosa. En ese sentido, se diría que la mayor parte de ellos editan por amor al arte. Entonces, ¿de dónde sacan las ganas? No sé. Cualquiera que haya trabajado en la construcción sabe cómo llega uno a casa diariamente tras la jornada laboral. Por eso me ha parecido algo digno de contar lo de este hombre, algo que, por otro lado, me tranquiliza y me hace sospechar al mismo tiempo. De mí también, claro. Porque me pregunto si merecerá la pena tanto tiempo dedicado, tanto cansancio, tanta comedura de cabeza… Sospecho fríamente de toda forma de heroísmo. ¿Y es que acaso aquí no hay? Vean si no a nuestro amigo.

Poemas rescatados de las llamas

Mañana mismo nos llegan los ejemplares de la primera tirada de Poemas rescatados de las llamas, el cuarto título de nuestra colección de poesía, Caja de Formas. Hay mucho trabajo detrás de ese poemario. Trabajo por parte del autor, desde luego, pero también por parte nuestra. Es la primera vez que le metemos mano a un poemario tan extenso como el de Víctor Mesa y el hecho de que muchos de los versos sean bastante largos nos ha obligado a darle muchas vueltas a todo el trabajo de maquetación. La corrección también ha tenido lo suyo.

En todo caso, estamos muy contentos de cómo ha quedado el libro. Será el primer poemario publicado de Víctor Mesa (fuera de obra colectiva) y nos sabe muy bien haber iniciado el año publicando a dos autores tan jóvenes como él y Víctor Atobas, artífice de Autoridad y culpa. Apuntes de Filosofía Política.

Las presentaciones de ambos libros se realizarán en este mismo mes y será un gusto compartir con los autores la publicación de sus trabajos. No obstante, nos hace especial ilusión compartir un rato con todos nuestros amigos y lectores de Jaén, que seguro acudirán a la presentación del libro de Víctor. De hecho, la colección Caja de Formas se planteó en su día como un aporte más a la nutrida (y nutritiva) escena poética local, donde espacios como La Caja de Lot o el Slam Jaén siguen en plena forma.