En el puente con Carl Einstein

Edito desde la frontera, desde un situación liminar. Punto indefinible en el GPS de las etiquetas, nunca sé muy bien en qué lado del papel me encuentro. ¿Escribo? ¿Edito? ¿Leo? Qué más da. Conozco bien ese paisaje borroso.

Paso el tiempo en esa línea. Sigo pensando en el Proyecto Benjamin, un experimento a medio camino entre el ensayo y la autoficción. A veces me cuesta horrores escribir por fuera del estilo ficcional. Venga, retomémosle el pulso a este diario atípico.

Empezamos de nuevo. Carl Einstein. De lleno en el proceso de investigación sobre la vida y obra del alemán, empiezo a entender qué hay detrás de esta renovada obsesión. Lo primero, varias líneas paralelas. Einstein, el gran descubridor del arte africano, tan cerca del Chris Marker de Las estatuas también mueren. Einstein, el perseguido, circundando el hormiguero de la muerte junto a Benjamin, muy cerca el uno del otro. Einstein, el que saltó del puente, como hiciera Paul Celan treinta años después.

Líneas de fuga que me llevan, también, a los campos de Aragón, al entierro de Durruti, a su huida precipitada a través de los Pirineos, a esa foto en el café de Perpiñán donde se le ve arrastrar un cansancio de siglos… Einstein, el judio refugiado al que encierran en un campo de concentración francés. Einstein, el que flota en el río. Einstein, el que acaba como todos los sin nombre, en una fosa común a las afueras de Europa.

Carl Einstein o la historia casi imposible, de José Mª de Luelmo, es lo primero que publico sobre él. Sirva de pequeño homenaje.

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Los que habitan mi catálogo

Rosa Luxemburgo, 1919. Una insurrección fallida. Una vida a mil por hora resumida en una carta al mundo. El orden reina en Berlín, 2000 palabras disparadas contra el muro de la historia la noche que veló su asesinato. Carteles pidiendo su cabeza y la de su amigo Karl. Vivos o muertos, eso no importa. Una patrulla que entra en casa, golpes de culata contra la mujer que puso en vilo el orden criminal de los sepultureros de la Revolución. Su cuerpo flotando en el río, incapaz de hundirse, hinchado de inmortalidad.

Andreu Nin, 1937. Su voz inclemente señala desde el estrado del Principal Palace de Barcelona. Su conferencia, El problema del poder en la Revolución, deja las cosas claras. No teme mancharse. «Mil veces más cerca de la FAI que del PSUC», dice. Alguien se remueve en la sombra. La suerte está echada para los que osan desafiar al gran timonel del proletariado internacional. Papá Stalin siempre dice la verdad. Un par de semanas después, Andreu desaparece sin dejar rastro. Torturado, asesinado, la vileza de sus captores no conoce límites. «¿Dónde está Nin? En Salamanca o en Berlín», cantaban los chavales de las JSU. Sabían la verdad y no conocían vergüenza.

Georges Palante, 1925. Una vida en pie de guerra contra la enfermedad. Una vida a pie de obra, enfrentando cada burla con un paso adelante, sin miedo al vacío. El chico elefante, el marido de la prostituta, el lector de Niezstche que tuvo el coraje de enfrentarse a Durkheim, de asumir el ostracismo intelectual antes que renegar de sus fundamentaciones. ¿La sociedad? Tan opresora como el Estado, piensa. Su tesis, rechazada por los popes de la sociología francesa, queda arrumbada en un cajón. Un 5 de agosto decide poner punto y final. El gesto acaba también con el dolor. Hillion será su última casa.

Carl Einstein, 1940. Una vida se dirime en la barandilla de un puente. Sur de Francia, el crítico de arte ha escapado del campo de concentración. Él como Benjamin, él como Celan. Hace memoria: una vida dando aliento a los que luchan dentro y fuera del papel. 1919, codo a codo con los hijos de Espartaco en las barricadas de Berlín. 1936, en las trincheras de Aragón, mano a mano con sus compañeros de la Columna Durruti, soñando con darle la vuelta al mundo junto a toda una legión de parias. Serán los malparados. Los nazis le quieren muerto. Sale volando. Su obra se posa en mi mesa de trabajo ochenta años después.