Parones, retrasos y correos electrónicos

No soy un editor profesional. Ni vivo de esto ni espero hacerlo de manera inmediata, pero, quizá precisamente por eso, no renuncio a reflexionar de forma crítica sobre los gajes de este oficio, desagradecido muchas veces, pero siempre estimulante.

Decía que no soy un editor profesional, por ello el tiempo de trabajo en Piedra Papel Libros depende en buena medida de la rutina laboral cotidiana y del tiempo que me deja el resto de obligaciones impostergables del día a día. Esa limitación primaria, que comparto con el resto de editores aficionados, se agudiza en ocasiones cuando, de manera imprevista, un cambio de curro o una mudanza revienta nuestros planes y, entre otros problemas, demora la publicación de novedades ya comprometidas.

Por suerte, y aunque sea en parte, este último inconveniente se solventa si, antes que nada, se mantiene una comunicación franca con los autores y se justifica la tardanza en la salida de sus textos de la manera más honesta posible. Eso es lo que he tenido que hacer yo. En mi caso, los autores cuyos libros iban a salir en estos meses han aceptado mis explicaciones de buena gana, lo que me ha hecho pensar en mi experiencia como autor que, entre otras vicisitudes, ha visto como uno de sus poemarios ya lleva un retraso de más de un año con respecto a la fecha de publicación prevista por la editorial.

En fin, ahora que lo veo desde ambos lados de la imprenta, considero que una de las mejores fortalezas que puede llegar a conseguir un editor es entablar una comunicación franca y posible con sus autores; una comunicación que, todo hay que decirlo, quizá no se pueda entablar de la misma forma con todos los autores del catálogo, pero que, al menos, debería ser uno de nuestros objetivos prioritarios.

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