Sociología del editor: apunte sobre pobreza e independencia

Dice Constantino Bértolo, antiguo editor de Caballo de Troya y autor de La cena de los notables, que cuanto más pobre es un editor mayor es su independencia. Lo he leído en una entrevista que no tiene desperdicio. Yo no podría aseverarlo con esa contundencia, aunque entiendo su razonamiento.

Desde luego, no es cuestión de hacer ciencia ficción, pero me cuesta imaginar qué tipo de servidumbres tendría un editor como yo si, por azares de la vida, llegara el día en el que me sobrara la pasta para editar sin preocupaciones dinerarias. ¿Perdería la independencia? Yo no lo creo. Es más, editar desde la precariedad no implica estar liberado de las preocupaciones a las que, supongo, se ha de enfrentar un editor -digámoslo así- profesional. Los dos necesitamos vender libros para mantenernos a flote, los dos necesitamos conocer a nuestros lectores en profundidad, los dos sabemos que equivocarse, a veces, implica la ruina.

Quizá en esa última palabra se halle la diferencia. El miedo a la ruina crece exponencialmente en función de lo que se haya puesto en juego. En este caso, los grandes grupos editoriales (dirigidos por magnates acostumbrados a invertir y a convertir en mercancia el riesgo) y los editores que levantan su negocio de la nada, orillan el pavor a la quiebra porque, bien mirado, cada uno se ha familiarizado a su manera con el desastre.

En ese sentido, Bértolo habla del editor promedio, aquel que dirige una editorial más o menos comercial cuyo éxito o fracaso viene determinado por los parámetros del mercado y las leyes de la competencia. Ahí es donde se halla la lógica de su argumentario… Porque la pobreza o, más bien, el ejercicio consciente de la edición desde la misma, puede ayudar a subvertir los parámetros que uno mismo maneja para atribuirle valor a lo que hace cotidianamente; en este caso, hablamos del oficio de editar.

Sea como fuere, poco puedo aportar yo a un debate, el de la independencia editorial, sobre el que se ha escrito tanto y que a muchos ya nos produce hartazgo. Preferible es, o así lo creo, pensar en qué papel han de jugar los editores en un momento de la historia donde la sobreinformación y el adocenamiento consiguiente nos están volviendo sujetos balbuceantes, incapaces de leer de forma crítica, se diría que capacitados, únicamente, para replicar los mensajes y discursos que, día tras día, hacen más irreversible nuestra propia domesticación.