Lo irreparable

Ya ha pasado una semana desde la muerte de Canek y todavía sigo dándole vueltas a la idea de lo irreparable. Teníamos planes.

A Canek Sánchez Guevara le conocí a través de su página: Textocracia. Después de comentarle que me encantaría publicar su traducción de El espíritu corporativo, dijo que me cedía los derechos de la misma a cambio de unos cuantos ejemplares del libelo. El trato fue rápido. Después vino la publicación de Los vicios no son crímenes, de Lysander Spooner, también traducido por él. Y yo ya tenía otras cosas en mente.

Una de ellas era conocerle en persona. Una amiga ha cruzado el charco para instalarse en un lugar precioso de la Baja California; si las cosas salían bien, ahorraría para ir a visitarla en verano y, de paso, seguir mi peregrinaje a través de los lugares santos de Roberto Bolaño (este verano, por ejemplo, estuve visitando Blanes). También me apetecía visitar algunos sitios relacionados con el alzamiento magonista y volver a Hidalgo, donde ya estuve en 2001. Finalmente, uno de los propósitos del viaje era pasar un par de días con Canek y hablar largo y tendido de nuestros proyectos… Todo truncado.

Supongo que con el paso del tiempo irá escociendo menos este resquemor. Morir a los cuarenta es una jodienda, pero más todavía cuando tienes una vida tan ancha como la tenía él. En todo caso, mejor es eso que vivir sin haberse manchado. Yo creo que él estaría de acuerdo con esto.

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Roth y los amigos de Ginger Ape

Los que me conocen saben que Joseph Roth es uno de mis escritores favoritos. De hecho, desde que puse en marcha la editorial siempre tuve en mente editar algo de él. Su obra ya está libre de derechos, pero la mayoría de sus traducciones no.

Aunque una de ellas sí. A esa le había echado el ojo. Si todo salía bien, podría reeditar un libro suyo, de hecho, es una de las novelas que más me gustan de él; un libro incómodo, desde luego, donde todos los personajes caen mal y en el que la propia narración parece desesperanzada, pero al cabo una gran historia: generacional, lúcida, vibrante, preñada de historia y humanidad.

Pero aquí hay que ser rápido… Ya le preguntaba a uno de los editores, amigos, de Ginger Ape por el tema de los derechos de autor, cuando el otro editor de la misma casa me dijo que una editorial de renombre acababa de sacar el libro que yo tenía en mente. En ese momento, uno solo puede pensar en las tardes de trabajo que le ha llevado la obra y los calentamientos de cabeza parejos a todo ese proceso.

En fin, hay que aprender -me digo- y no queda otra que hacerlo rápido. Sirva, de todas formas, este post para agradecer todo el apoyo que los amigos de Ginger Ape me están prestando en esta aventura que vivo bajo el suelo de la industria cultural.